
El águila, el gavilán y el gallinero
¿Has visto alguna vez a una gallina poner un huevo?
Primero da vueltas y más vueltas, luego empieza a picotear y finalmente pone su huevo en cualquier hueco del gallinero; empieza a cacarear, deja su huevo abandonado allí y después alguien lo recoge y se lo lleva.
A diferencia de la gallina, el águila real pone sus huevos en lo más alto de las montañas y nunca los descuida.
Cuenta la leyenda que un indio lakota subió a la cumbre más alta donde sólo habita el águila y se robó uno de sus huevos.
Lo llevó al campamento y lo puso en el nido de una gallina, que al verlo lo empolló y cuidó junto con los propios.
Finalmente nacieron los pollitos y el aguilucho.
Todos se burlaban de él por flaco, arrugado y lento, mientras sus hermanos eran veloces, tersos y lindos.
Así pasó el tiempo y el aguilucho aprendió a aletear y a expresarse como las gallinas.
Comía maíz y brincaba de un lado a otro tratando de volar con sus alas encogidas.
Un día se oyó la voz de alerta en el gallinero porque venía hacia allí el gavilán pollero que se comía por lo menos a uno de ellos en cada ataque.
Todos huyeron despavoridos y se metieron a un tronco hueco que había allí; pero desafortunadamente el aguilucho, que ya era una joven águila, no pudo hacerlo por ser muy grande para tan pequeño hueco.
Llena de miedo miró al gavilán y le suplicó que le perdonara la vida arguyendo que era un pollito bueno.
El gavilán sorprendido le dijo: “¿De qué hablas? ¡Tú no eres un pollito!
¿Acaso estás loca? Mírate las alas y el cuerpo.
Eres el águila real y de un solo zarpazo serías capaz de matarme”.
Como el águila no entendía, el gavilán añadió: “¿Ves aquel ave que vuela majestuosa por las cumbres más altas a las que nadie puede llegar? Pues ésa es un águila real como tú”.
Ella estupefacta no lo podía creer, así que el gavilán la llevó hasta una laguna y le dijo: “Mírate en el agua y verás que tus alas y tu cuerpo no son como los que muestran los pollos y gallinas con quienes vives y a los cuales tienes por familia.
Ha llegado el momento de abrir tus alas y volar”.
Con gran dolor y duda el águila trató de mover sus alas y después de dar pequeños saltos comenzó a elevarse por los aires, cada vez más alto, hasta llegar a esas cumbres inaccesibles para otros.
¿Cuántas personas viven llenas de miedo, angustia y rencor, sólo en busca de aprobación, preocupadas por el “qué dirán”?
¿Cuántas han vivido hasta hoy como la gallina, aun sabiendo que, si toman conciencia firmemente y eligen volar, podrán llegar como el águila adonde nunca jamás creyeron posible?
No es necesaria demasiada fuerza para hacer cosas, pero sí una gran voluntad para tomar la decisión de actuar inmediatamente, por convicción.
Cuántas personas abandonan su sueño, igual que lo hizo la gallina con su huevo, y después, cuando alguien se lo apropia y obtiene buenos resultados, dicen: “Aquél se robó mi idea”, “la idea fue mía y otro me la quitó”, “ése copió mi fabuloso proyecto”.
Prodiguemos a nuestros sueños, igual que el águila a su huevo, todo el cuidado necesario para que, con tiempo, dedicación, constancia, fe, pasión y amor, cumplan su proceso de incubación y alcancemos lo anhelado y soñado.